Henri Chicot

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Detalles

  Alineamiento. Neutral

  Apariencia. 170cm, pelo negro y grisáceo ojos ámbar y gris. Piel pálida.

  Edad. 22

  Idiomas. Común, Celestial y Dracónido.

No sabe nadar

Trasfondo: Las Cenizas del Dogma

Te atormenta algo tan terrible que no te atreves ni a hablar del tema. Has intentado enterrarlo y huir de ello, pero sin resultado. Te persiga lo que te persiga, no se puede matar con una espada ni hacer que desaparezca con un conjuro. Podría presentarse ante ti como una sombra en la pared, una pesadilla espeluznante, un recuerdo que se niega a morir o un susurro demoníaco en la oscuridad. Se trata de una carga con un alto precio: te has aislado de la mayoría de la gente y te cuestionas tu propia cordura. Debes encontrar el modo de superarlo antes de que te destruya.

  Suceso Desgarrador. Tu familia ha servido por generaciones como fiel defensora de la palabra divina: sacerdotes, predicadores y guardianes de una fe que parecía inquebrantable. Te criaste rodeado de plegarias, ceremonias y escrituras sagradas. Pero tu alma inquieta, siempre en busca de verdades más profundas, te llevó a explorar los rincones olvidados de la iglesia ancestral. Allí, oculto tras muros agrietados, hallaste un tomo encadenado, cubierto de polvo y sellado con símbolos que ya nadie recordaba. Al abrirlo, revelaste algo más antiguo que la doctrina familiar: una verdad oscura sobre la deidad que tu linaje ha adorado durante siglos. Las palabras y visiones que emergieron del libro desgarraron los cimientos de tu fe. Algo más allá de lo humano te tocó el alma —ni completamente maligno, ni del todo comprensible. Quemaste el libro por miedo, pero era tarde. Las imágenes quedaron grabadas a fuego en tu mente.

Cuando intentaste advertir a tu orden, no recibiste compasión. Te acusaron de sacrilegio. Dijeron que habías sido corrompido por fuerzas impías. Fuiste expulsado, despojado de tus títulos y repudiado por quienes más amabas. Pero en lo profundo de tu ser sabes que no mentías. Lo que viste era real. Y ahora, caminas por el mundo con un nuevo propósito: vivir alejado del único mundo que conocías, buscando respuestas y confrontando aquello que permanece oculto...

Rasgo: Corazón de la Oscuridad

Quienes te miran fijamente a los ojos pueden ver que te has enfrentado a un horror inimaginable y que la oscuridad no te es ajena. Aunque la gente común quizá te tema, te tratará con la mayor cortesía e intentará hacer todo lo posible por ayudarte. A menos que hayas demostrado ser un peligro para ellos, incluso tomarán sus armas para luchar a tu lado si te encuentras combatiendo a un enemigo en solitario.

Características

  Rasgos de personalidad. Me gusta leer y memorizar tomos religiosos, poéticos o filosofales. Me mantiene tranquilo y me proporciona fugaces momentos de felicidad. Me niego a ser una víctima, no permitiré que me sometan

  Ideales. Voy a acabar con los espíritus que me atormentan o a morir en el intento (Cualquiera).

  Vínculos. Aunque fui exiliado, todavía rezo por ellos cada noche. No puedo odiarlos.

Competencias

  Competencia con habilidades del trasfondo. Religión

  Competencia con equipo del trasfondo. Paquete de sacerdote

Posibles Plot-Points

Cosas de master, shu

Historia

🌓 Infancia y formación temprana

Henri nació bajo el resplandor de una luna llena, en un templo rural dedicado a Selûne, donde su familia había servido durante generaciones. Su madre era escriba de textos sagrados, y su padre, cantor litúrgico durante las celebraciones lunares. Su infancia fue serena, marcada por plegarias nocturnas, lectura de escrituras y caminatas silenciosas bajo la luna.

Desde muy pequeño, Henri mostró una mente despierta. No cuestionaba por rebeldía, sino por verdadera fascinación: quería saber no solo lo que Selûne decía, sino por qué lo decía. Era el tipo de niño que pedía leer los comentarios antiguos en los márgenes de los textos, o que se preguntaba por qué los himnos omitían ciertas estrofas.

A los diez años, fue aceptado formalmente como acólito del templo. La comunidad lo observaba con orgullo: Henri tenía todas las cualidades de un futuro gran clérigo. Disciplina, devoción, inteligencia y —sobre todo— fe.

Pero también tenía algo más: ambición. Una chispa que no todos en la orden comprendían. Él no quería simplemente servir a la diosa. Quería conocerla, entenderla... completamente.

📖 El hallazgo

Fue una noche sin ceremonia, sin luna, sin nada que sugiriera un presagio. Henri solo buscaba silencio. Había discutido con uno de los sacerdotes mayores por una interpretación que consideraba simplista, casi infantil, de uno de los pasajes de la bendición de las siete estrellas. Le molestaba cómo recitaban sin pensar, sin cuestionar, sin escarbar más allá de lo recitado. Así que, enfadado, se refugió en los archivos inferiores del templo, un lugar que conocía mejor que su propia habitación.

Mientras pasaba el dedo por los lomos de los volúmenes más antiguos —la mayoría copias, glosas o salmos archivados—, notó una corriente de aire helado, leve, pero constante. Provenía de una esquina sellada con piedra antigua, detrás de una estantería que parecía móvil, claramente colocada allí no por azar, sino por disimulo.

Movió la estantería con esfuerzo. El polvo que cayó era tan espeso como la culpa que sintió sin saber por qué. La piedra estaba agrietada. Con una palanca usada para abrir cajas de reliquias, forzó las uniones. La pared cedió con un susurro seco, como un secreto que cede tras siglos de silencio.

Lo que encontró detrás era un pasadizo estrecho y oscuro, apenas lo suficiente para caminar de perfil. Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos que nunca había visto antes, pre-selunitas suponía, ajenos a cualquier doctrina moderna del templo. Algunos lo inquietaron… no por lo que decían, sino por lo que simbolizaban.

La cámara al final era redonda, apenas iluminada por un resplandor que no venía de ninguna fuente visible. En el centro, sobre un pedestal, descansaba un solo libro cubierto en tela gris. No había cerraduras, ni advertencias. Lo tomó con manos temblorosas.

Lo abrió.

El texto comenzaba como cualquier canto devocional. Luego, lentamente, cambiaba. Describía el origen de una entidad única que contenía la luz y la sombra, y cómo esa totalidad, al desgarrarse, dio origen a dos diosas hermanas: Selûne y Shar. No como enemigas naturales, sino como dos mitades aún entrelazadas, aún reflejándose una en la otra. O eso era lo poco que el llegaba a comprender.

A medida que leía, el libro comenzaba a deshacerse.

Primero los bordes de las páginas, volviéndose polvo que caía como ceniza. Luego, algunas palabras se borraban ante sus ojos, o parecían reescribirse con cada parpadeo. El calor le subía por la nuca. Había frases que lo hacían llorar sin saber por qué. Imágenes cruzaban su mente sin contexto.

Una figura velada lo observaba. No hablaba. Pero su presencia era como gravedad.

Cuando intentó volver a leer el primer pasaje, la página ya no estaba. El libro entero se estaba desintegrando entre sus dedos, como si él no fuera digno de terminarlo… o como si nadie debiera hacerlo jamás.

En segundos, solo quedó el polvo en sus palmas.

Salió del pasadizo sin saber cuánto tiempo había pasado. A la mañana siguiente, su reflejo ya no era el mismo.

Uno de sus ojos se había vuelto gris, el otro dorado. Y una línea blanca, como luz congelada, surcaba su cabello.

El libro no existía más. Pero sus palabras lo habían tatuado por dentro.

⛓️ El juicio y el rechazo

Henri no ocultó lo que vio. No supo cómo. No quiso. Aunque las palabras se deshacían en su boca como lo hizo el libro en sus manos, necesitaba contarlo. Quizás para encontrar comprensión. Quizás para no volverse loco.

Pero la comprensión no llegó.

Cuando habló con su mentor, este no le respondió. Solo lo miró en silencio, como si hubiera muerto y frente a él quedara apenas un eco impuro. Lo aislaron primero “para su reflexión”, luego “para su purificación”, y finalmente “por precaución”. Pero en realidad, todos lo evitaban.

Las primeras miradas fueron de incomodidad. Después, de miedo.
Y finalmente, de odio.

Las marcas visibles hicieron imposible el silencio: su cabello dividido como la noche y el amanecer, sus ojos enfrentados —uno dorado como la luz de Selûne, otro gris como la niebla que envuelve los sueños oscuros. Era un símbolo viviente de la herejía que habían aprendido a temer.

Un concilio se formó. No fue un juicio. No hubo defensa. No se discutió si decía la verdad. Solo si su presencia era peligrosa para la fe.

Su madre no se atrevió a mirarlo. Su padre no asistió. Uno de sus hermanos, también sacerdote, bajó la cabeza cuando lo escoltaron encadenado al altar.
Solo una acólita joven —aquella que Henri había enseñado a leer los salmos en voz baja cuando nadie la escuchaba— le susurró: “Lo siento”.
Fue todo.

Lo despojaron de sus ropas rituales, lo marcaron con ceniza lunar y lo expulsaron bajo luna nueva —el momento más oscuro del ciclo. Un símbolo. Un castigo. Un cierre.

Al cruzar las puertas del templo, se sintió más desnudo que nunca.
La fe que lo había criado ahora lo condenaba.
Y la familia que lo había nutrido… ahora lo olvidaba por mandato divino.

🛤️ El errante y la última puerta

Los días posteriores a su expulsión fueron un borrón. El mundo exterior, sin los muros del templo, le resultaba inmenso, ajeno. Había gente, ruido, ciudades enteras… pero todo parecía irrelevante, como si viviera detrás de un velo.

El polvo del libro seguía bajo sus uñas. A veces, al cerrar los ojos, leía pasajes que no recordaba haber visto. Frases en idiomas que no conocía se colaban en sus sueños. Y en el silencio, cuando nadie lo miraba, creía escuchar una voz —suave, femenina, infinitamente triste— que lo llamaba por su nombre. O por un nombre que aún no comprendía.

La fe que lo había sostenido toda la vida ahora era un laberinto sin salida. No podía volver a creer como antes. Tampoco podía dejar de buscar.

Intentó servir como sanador en pueblos pobres. Fue rechazado. En una ciudad mediana devota a Selune, casi lo linchan por mostrar los ojos. En otro lugar, un viejo mendigo lo tomó por un emisario de Shar y se arrodilló ante él… rogando oscuridad. Henri huyó sin mirar atrás.

Al borde del colapso, sin dirección, lo único que lo mantenía con vida era el impulso de entender lo que había visto. No por fe. Por necesidad. Porque si no lo hacía, si no le encontraba forma a esa revelación rota, se ahogaría en su propia mente.

Fue entonces cuando vio el cartel:

Academia de Héroes y Aventureros. Se buscan aprendices con talento, valor o cicatrices del pasado. Se acepta locura leve.”

Al principio creyó que era una broma. Pero al preguntar, descubrió que era real: una institución abierta a toda clase de aspirantes, muchos de ellos más rotos que él. Gente que ya no encontraba su lugar en el mundo, pero aún tenía fuerza suficiente para hacer algo con ello. 

No buscaba gloria. Ni oro. Ni redención.

Pero si allí podía aprender, si podía crecer, si podía buscar sentido en ese caos que lo perseguía… entonces valía la pena seguir caminando.

Y eso fue suficiente.